martes, 24 de marzo de 2015

SILVINA LÓPEZ MEDÍN: INCRUSTAR CADA TANTO EL NOMBRE PROPIO


                                                               Willem de Koonig - Pink Angels (1945)



Vivere ardendo e non sentire il male, / e non curar ch’ei che m’induce a tale, dice Gaspara Stampa en sus recordadas Rime . En este dístico, aquella poeta italiana de versos trágicos y a la vez sutiles condensa y abre a la posibilidad de una ética de la escritura inherente al poema y a los umbrales que este suele atravesar cuando es la intensidad, y no la retórica o la preceptiva, la que guía su devenir y su puesta en acto. Hablamos de intensidad como una forma de respirar y, porqué no, de arder en la escritura y de la escritura como una forma de ardor y de respiración, de la poesía en tanto emplazamiento que convoca esos signos sensibles. Esa sal en la boca para decir manglar, último libro de poemas de Silvina López Medín, dispone desde el título una apertura a dicha constelación sensible desde una cierta extrañeza en el lenguaje. Recupera un resto de la tradición lírica castellana –el título es un verso alejandrino clásico- y en el mismo gesto de iteración, introduce  la diferencia frente a dicha tradición. Este gesto es lo que vuelve interesante la escritura de López Medín. Un modo singular de decir desesperación –y esta es una forma de desesperación / la uña que raspa / en busca de la punta, apunta en uno de los poemas-, de recordar y nombrar lo que sale a flote en la escritura, casi siempre fuera de foco. De exponer las palabras a su impropiedad constitutiva, motivo para que el poema devenga diálogo infinito.


El manglar, según nos cuenta la botánica, es un bosque pantanoso donde se produce un encuentro, siempre inestable, entre el agua de mar, salada, y el agua dulce de rio. El cruce de aguas obliga a estos árboles inmensos, cuyas raíces permanecen en la superficie, a adaptarse a los diferentes ciclos donde la marea es más o menos salada, más o menos dulce, dotando a este ecosistema de una inusual plasticidad. Recurrir a la figura del manglar le es útil a López Medín para dar cuenta de las tensiones y las dificultades que acompañan a quien escribe. La necesidad de hacerse de un cuerpo entre las palabras, con su fisiología y sus intensidades particulares, pareciera ser la tarea y, si se quiere, el conato más adecuado para hacer pie en una topografía que nunca termina de ceder en su hostilidad. El poema La Conversación, tal vez uno de los pasajes más potentes del libro, enuncia lo anterior sin ambages: Había memorizado / las formas de encajar / el cuerpo en las palabras / cómo hacer un relámpago / de una mínima risa / incrustar cada tanto / el nombre propio / en busca del punto firme / de la piedra / donde comienza el salto a la otra orilla. / Había hecho todo / pero todo / fuera de ritmo / como quien ve un cartel que señala / una montaña y piedras / piedras que caen, / no sabía detener ese derrumbe.


El arribo a la escritura, el diálogo a menudo desesperado –así supo firmar Paul Celan en su Discurso del Meridiano-, son convocados por esta poesía en tanto experiencias de un no saber detener ese extraño derrumbe que el poema suele instituir en la lengua. Un habla oblicua, allí donde las palabras, siempre inadecuadas al decir, horadan los significados y las identidades fijas. En estos intersticios, en sus opacidades y ardores secretos, López Medín construye, con la resistencia y la paciencia de esos árboles inmensos y añosos, su propio manglar.


Publicado en OTRA PARTE (edición semanal) - 1 de Enero de 2015


*

UN POEMA

Como y duermo con un desconocido

Lo que un avión permite:
el filo moderado de un cuchillo,
dos o tres formas de acomodar el papel metal
plegado prolijamente o hecho un bollo, las mismas formas
de acomodar el cuerpo en el asiento
ahora que la azafata apaga las luces sin palabras de despedida
como una madre severa o muda,
esta cabeza desconocida no encuentra el lugar
no se entrega al sueño
cae en mi hombro, se levanta
prudente oscilación
del vino en la copa descartable
no cruzamos palabra
pero algo cruza cada tanto
la frontera del apoyabrazos
mi mano que alcanza
la copa a la azafata, o el ritmo de esa respiración
que se agrava, se resigna
se quedó dormido, pienso
pero quién
se quedó dormido
no tiene nombre
se quedó dormido
insisto y mis párpados
se van cerrando
como una madre cierra
lentamente la puerta
hasta escuchar el click
mi cabeza cae, estoy
en el hueco de un hombro.


Silvina López Medín - Esa sal en la boca para decir manglar (2014 )